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09/05/2011 | No hay comentarios

Sandrine Bonnaire indaga en el autismo en la muy personal Su nombre es Sabine


Juan SARDÁ | Publicado el 05/05/2011

La musa de Chabrol o Rivette debuta con un sensible y emotivo documental familiar que aborda la enfermedad mental desde su propia experiencia.

Observar a los enfermos mentales no es fácil. Los males psíquicos, esas heridas invisibles pero más terroríficas quizá que cualquier otras, nos asustan no por lo que tienen de distinto sino por lo que nos podemos reconocer en ellos. Lo vemos en Sabine, protagonista del hermoso documental que su hermana, la reconocida actriz francesa Sandrine Bonnaire le dedica, ahí vemos a una mujer con autismo, gravemente enferma, cuyas emociones nunca nos serán ajenas: la compasión, el amor, la necesidad de afecto, y también la rabia, el dolor, o la tentación de la violencia. Sabine es como nosotros, sólo que de forma extrema. “La idea comenzó a tomar forma antes de que concluyera el primero de los cinco años de internación de mi hermana Sabine. Yo veía cómo su condición iba agravándose rápidamente, cómo avanzaba la anormalidad. Y sentía una enorme nostalgia de su belleza, de sus capacidades de otrora. Entonces decidí acudir a eso que ahora se conoce como “imágenes de archivo”, fragmentos de películas en super 8 pasadas a video”.

De esta manera, Su nombre es Sabine puede entenderse también como una película sobre la autodestrucción humana. Lo dice la psicóloga de la autista en un momento dado, la definición de autismo se corresponde con la idea de autodestrucción, de no ser capaz de convivir con un mínimo de armonía con los demás. Es, al final, una condena perpetua a uno de los peores males que puede sufrir un ser humano: la extrema soledad, la sensación eterna de ser incomprendidos y mal queridos. De esta manera, Sabine se presenta como un personaje ambivalente. Por una parte, su debilidad, su afectuosidad inmensa y su necesidad de ser atendida y amada. Por la otra, una agresividad que impide que incluso que aquéllos que más la quieren puedan permitirse el lujo de vivir con ella. “Yo quería firmarla tal cual es, bella y menos bella, tierna y violenta, vulgar cuando insulta y virtuosa cuando interpreta un preludio de Bach. Los autistas no son forzosamente gente recluída en sí misma, inmersos en un total mutismo, ni tampoco individuos superdotados como el personaje de Rain Man. Busqué mostrar las otras manifestaciones del autismo, fuera de las representaciones habituales”.

Construida en dos tiempos, la juventud de Sabine, en la que era una mujer bellísima, de mirada extraviada pero enigmática, contrasta con su madurez, al salir de un hospital en el que permanece recluida cinco años y que la convierten en una mujer irreconocible: micho más gruesa, con la mirada definitivamente perdida, con aspecto de persona irremediablemente enferma. De esta manera, la directora denuncia un sistema psiquiátrico que sufre una absoluta falta de recursos y unos tratamientos que priman la medicación agresiva para mejorar el comportamiento por encima de las secuelas: “Yo solía comparar sus dos rostros, el de la Sabine de entonces con éste, transformado, para intentar comprender porqué se había degradado tanto. Durante los cinco años que duró su internamiento, mi cólera frente a lo terrible de la situación iba en aumento, y no dejaba de repetirme que algún día iba a hacer una película. Mi primer objetivo al realizar el film fue no sólo el de convencer, sino concientizar y sensibilizar a los poderes públicos para que se hagan cargo del problema social del autismo; quise convertirme en la voz de tantas familias angustiadas”.

Sandrine Bonnaire es una mujer bellísima y de gran talento. Muy célebre en Francia, ha sido nominada nueve veces al César (una vez como directora de este documental, que ganó el Premio de la Crítica en Cannes, FIPRESCI) y ocho más por filmes como La ceremonia (Claude Chabrol, 1995), Monsieur Hire (Patrice Laconte, 1989) o Sin techo ni ley (Agnès Varda, 1985), por la que se llevo la estatuilla. Ella misma, en un momento dado del documental, se refiere a sí misma como una celebridad y reconoce las ventajas que eso le ha reportado, aun a costa de sufrir mil penalidades burocráticas con su hermana. “Siempre dejaba el proyecto para después, porque temía que fuera considerado impúdico, o que pareciera un poco típico de la revista People que una actriz realizara un filme sobre su hermana. Pero la circunstancia de ser la madrina de las Jornadas sobre el Autismo me ayudó mucho a dar el paso”. Sin embargo, al contrario que en el reciente y notable María y yo, basado en la experiencia del dibujante de cómics Miguel Gallardo, la actriz apenas cobra protagonismo como mera comparsa. Su mirada persigue a esa Sabine cósmica, inalcanzable y misteriosa, para crear un documental de enorme belleza.

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